Para qué sirve un corazón? Parece que la respuesta sea obvia: para bombear sangre. ¿Y nada más? Un estudio reciente expuesto por la autora Nazareth Castellanos muestra que el corazón va más allá de esta función.
Cuando hablamos de razón pensamos en el cerebro, y cuando hablamos de sentimientos en el corazón. Pese a resumir su función a la distribución de la sangre, parece haber un conocimiento (quizá ancestral) que reconoce que hay más. ¿Y si hemos dicotomizado lo que debió ser una sola unidad? Separando el cerebro del corazón como si de dos elementos distintos se tratase.
Para empezar, se necesitan mutuamente. ¿Qué es un cerebro sin un corazón que le riegue de oxígeno? Y, ¿qué es un corazón sin un cerebro que le dé los impulsos necesarios a través de la sinapsis? Está claro que ambos dependen el uno del otro, y que cualquier persona depende de ambos a la vez para vivir. Pero socialmente idealizamos el cerebro como si fuera algo superior. No digo que este órgano no sea alucinante, pero cuestiono; ¿es superior al resto del organismo?
Durante el siglo pasado la ciencia apuntaba a que sí. El cerebro estaba totalmente idealizado y se daba por sentado que era el hábitat natural de la razón. Y mientras tanto se seguía relacionando la parte sentimental al corazón de forma metafórica por asumir que este no tiene ninguna función tan profunda como la del cerebro.
Y el racionalismo subyugó al corazón y al sentimentalismo. Sólo es valioso lo que proviene del cerebro.
Este estudio que comentaba al principio del artículo es una demostración de que, al ser el cerebro un órgano extendido por todo el cuerpo a través de neurorreceptores, es una prolongación del cerebro en el corazón la que gestiona aspectos como los recuerdos y la identidad (que están ligados entre sí).
Gran parte de la actividad cerebral ocurre fuera del cerebro. Pero es que, para colmo, saber quién somos es algo que ocurre, a través del cerebro, en nuestro corazón. ¿No es esta la prueba definitiva de qué para ser es necesario tanto el cerebro como el corazón? ¿De que es incompleto lo uno sin lo otro?
Previo a este descubrimiento ya hubo hace años un caso que conmocionó a muchos y conmovió a otros tantos en la comunidad científica. Un hombre casado falleció y donó sus órganos. Su corazón fue transplantado a un paciente que, al conocer casualmente a la viuda del donante tiempo después, no sólo se enamoró de ella sino que además sintió nostalgia. Ellos dos no descubrieron que el corazón provenía del difunto hasta años después de haberse casado. Es la historia de un amor que va más allá de la muerte. Y aunque muchos pensaban en aquel momento que se trataba de una casualidad y de una especie de romanticismo raro, se comprobó el fundamento verídico y científico de este acontecimiento.
Entonces, volviendo a la primera pregunta; ¿para qué sirve un corazón? Aquí es donde comienza la reflexión de cada uno para decidir cómo quiere vivir.
Aunque si queréis mi consejo: Convertíos en buscadores salvajes de la verdad.
